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Cito fit quod dii volunt o elogio al huevo frito.

 
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teocordoba
Multiorgasmic@


Registrado: 07 Oct 2005
Mensajes: 264

MensajePublicado: Lun Jul 24, 2006 1:35    Asunto: Cito fit quod dii volunt o elogio al huevo frito. Responder citando

Cito fit quod dii volunt o elogio al huevo frito.


1. La delectación del paladar y la cruel zancadilla de las cuerdas vocales.

Hay quienes parten en busca de Sidhartha al contemplar el ocaso teñido en rojas nubes. También quienes por una incierta quimera desviven y rajan al sesgo sus vestiduras. Algunos cruzan mares de rocas punzantes, de virulentas astillas, en busca de un amor, de un aroma, de una textura. Adonis rompió los cristales del dolor con sólo contemplarse y sentirse contemplado por Venus y Proserpina. Hay quienes mueren por el dulce cobijo del calor de unos maternales pechos de mujer. Pero yo, yo muero por un par de huevos fritos. Ni uno ni tres. Dos. Y tampoco cualquier huevo frito. No. Muero por un par de huevos fritos hechos por las sabias manos de don Julio. Como sendos ojos de reptil, me contemplan desde la cuna que les mece el final, desde ese Judas que les cobijará hasta su tronadora muerte: el plato. Y mientras me sumerjo en sus mares de lava de oro y mirra, en sus fecundos causes de masa misericordiosa, desgrano el placer a cuentagotas, lo desarticulo y palpo, lo destilo con alquímico frenesí. Cuarenta años he de caminar, de ser preciso, por el sigiloso murmullo de la arena del desierto, tan sólo por probar nuevamente aquel manjar.

En mi pueblo, como ha de haberlo en todas las urbes, don Julio es el hacedor del sempiterno ritual digno de Zeus: entronizar el ocaso del día despachándose dos huevos fritos.

El bar de don Julio era en mi pueblo el centro neurálgico del juego, el azar y la saciedad. Antro en el que abundaban las barajas, el olor a frituras y cigarrillos, y las putas. El frente del mustio edificio, ubicado sobre la calle principal y enfrentado a la única plaza del pueblo, es alto y rústico, con un portal de madera maciza que en verano apenas se cerraba para una leve limpieza y en invierno apenas se abría para escupir borrachos bajo los rayos perpendiculares de un sol de media mañana. El interior se abarrotaba de mesas de caños y latas retorcidas, con garabatos indefinibles de marcas perdidas en la memoria de algún poltrón vejete. Al fondo, hacia la derecha y entronizada en el lugar más iluminado del salón, una mesa de paño verde rodeada de sillas de caño de espaldar alto daba cabida a los trasnochados jugadores que intentaban revertir la puta suerte que conjugaban sus malos augurios allá afuera, en la calle. Hacia la izquierda se extendía un alto mostrador de madera deslucida, detrás del cual don Julio impartía la ley con solo la señal de su dedo o movimiento de sus mostachos. Los súbditos del bajo mundo –el pueblo entero- se postraban en su presencia y acataban sus ordenes sin chistar. Tantas historias se cuentan de él, viejo solterón y recio, deformándose en el boca en boca, enriqueciéndose, tiznándose en detalles. Elegías en donde trece camorreros armados cayeron vencidos por sus puños, otras en donde su gruesa cintura de serpiente esquivó una batahola de maldiciones de una gitana expulsada del paraíso de alcohol en el que enjuagaba su rápida lengua y sus más letales manos, otras en donde puso en línea una letal revuelta de las meretrices tratando de tomar el poder del lugar. Don Julio y su dedo todopoderoso. Don Julio y sus mostachos pluripotenciados. Don Julio y vozarrón de ultratumba. Desde la revuelta de las meretrices, éstas, que antes pululaban como coloridas mariposas por todo el antro, se confinaron en el más lejano rincón, el oscuro paraíso cuya diligencia postal ha de encontrarse en-el-oscuro-rincón-al-fondo-a-la-derecha-más-allá-de-la-mesa-de-juego-junto-a-la-puerta-de-latón-que-da-al-patio-interno. Conseguida la dama de los desvelos, el cliente, previo depósito de la suma convenida, aplicaba sobre el picaporte de fundición de aquel portal de los desvelos, toda su libido, ingresaba entonces al paraíso exterior, y a follar al aire libre se ha dicho. Las malditas hojas otoñales de los almendros se porfiaban, como abrojos, y fruto del revolcón, a prenderse de las prendas, sobre todo las de nylon y lana, causando divorcios y varias discusiones intra familiares.

Lo cierto es que aquella noche yo no quería follar. Quería desentumecer mis sentidos, cabalgar como aguerrido jinete el corcel del regodeo. Quería degustar un rico par de huevos fritos, de los mejores que se preparaban por estos páramos, los de don Julio, sin saber que el destino, o el azar, o como se llame, me tenía deparada una bruna sorpresa.

Llegué al bar casi con el sol adentrándose. La atmósfera allí dentro era irrespirable, todas las mesas estaban ocupadas, ríos de vino de indefinible procedencia regaban vasos y jarras con forma de pingüino. Las putas lanzaban estridentes alaridos y risotadas tratando de llamar la atención. Garrón, el perro de don Julio, plagado de garrapatas del tamaño de porotos, deambulaba recogiendo del suelo los restos de comida. Cerca de la mesa de juegos pude ver una banqueta desocupada. Me senté y, en la cumbre del placer, pedí mi banquete, ‘y con pan casero’, añadí. Don Julio apenas gruñó y escudriñando en la heladera extrajo una huevera de metal que imitaba una gallina clueca. Ese momento, el que precede al delirio de la ingestión, era uno de los más felices de mi vida. Me imaginaba degustando mi manjar, sembrando su grácil mies por todo mi paladar, engullendo como pan sagrado aquel edén de sabores. Colgado en mi ensueño estaba cuando escucho a un asiduo concurrente del bar, hijo de otro arcaico asistente que impedido por una parálisis apenas visitaba su antaño mundo un par de veces a la semana.
Manuel tenía unos 28 años, habíamos cursado juntos el primario y la secundaria. Luego nos habíamos alejado un poco, pero compartíamos la misma pasión: la lectura. En el pueblo no había librería ni biblioteca, por lo que la adquisición de nuevos libros dependía del viaje de algunos de los dos a la ciudad. Para remediar la lenta renovación de la bibliografía, nos intercambiábamos los libros que teníamos. Aquella noche, desde lejos, como quien descubre el grito de un alma perdida en el fondo de las cavernas, Manuel me llamaba.

- Teo. Teo. La puta que te parió Teo.
- ¡Que mierda querés!
- Que despuntes algunos acordes con la guitarra de don Julio.

Viejo objeto de adoración aquella gacela de seis cuerdas que sobre el entablado nos contemplaba como un ángel. Nunca escuché a nadie tocarla, ni al mismo don Julio. Nadie se atrevía a descolgarla de su atrio.

- No jodás. A ver si viene el viejo...
- Dale cagón. Yo te la bajo, te haces un tema y listo, todos contentos. El viejo tiene para un rato con tus huevos

Ni tiempo me dio a negarme. El muy sátrapa se coló tras el mostrador haciendo gala de una notable gallardía, y la puso en mis manos. No resistí la tentación y rasgué una indefinible nota. Me temblaba la mano.

- Tocate ese del puestero que tiene que matar el caballo.
- El corralero – dije - No sé si me acuerdo.

Acto seguido, desanidé unos acordes. Camino sin retorno el de recorrer las notas con una guitarra. Es un viaje del que difícilmente se pueda regresar salvo por la fatiga de las horas, la falta de uñas o el desánimo de alguna cuerda que no se resiste a la tensión. Los jugadores abandonaron sus barajas y se empeñaron en escucharme. Mágica cadencia la de mi voz, me maravillaba y regodeaba. Aquella noche era una sirena de cantos irresistibles, o casi. No sé qué designio o letal infortunio quiso que en pleno estribillo mi garganta cediera al fallo de los agudos y quebrara en una nota disonante sin la menor piedad. Aquel chillido descolocado desencadenó una catarata de carcajadas y la sangre se me agolpó al rostro. Sin embargo, lo peor estaba por venir. El taconeo del encharolado se perfiló desde la cocina, don Julio venía hacia mí. Sus mostachos repiqueteaban en sus redondos mofletes. Su mirada escupía llamas. Se paró ante mí y con tensa calma dijo:

- Estimado, lo invito a que despeje el ambiente de sus alaridos y devuelva la vihuela al lugar de donde fue extraída.

El silencio fue mi sentencia. Jamás había escuchado tal carencia de voces en aquel lugar. Si hasta me pareció que el enviciado aire trastocó en un fresco céfiro. Mirando de reojo y con furia a Manuel, y mientras don Julio volvía a mis huevos, colgué del grueso clavo el hilo de la guitarra. Volvió el murmullo. Manuel se me acercó y me dijo:

- No te preocupes. El viejo en el fondo es un tierno.
- Si claro, en el fondo, donde cuece los huevos, pero acá...
- De verdad, no te preocupes. Yo voy, lo hablo, lo convenzo y te traigo de nuevo la guitarra.
- No jodás Manuel...
- Vos esperá.

Manuel se encaminó hacia la cocina. Por entre los resquicios que el vaivén de la cortina dejaba, pude verlo hablándole al viejo. Éste apenas parecía escucharlo. Lo vi asentir y volver a Manuel con una sonrisa triunfante. Descolgó la guitarra y la puso en mis manos.

- Te dije, el viejo es un tierno. Pero dice que un par de temas y la dejás donde estaba.

Intenté resistirme, pero al sentirla en mis manos, al acariciar sus pronunciadas curvas, al ver el destello del madero, la rasqué con pasión. Tonada del viejo amor era el himno a desandar, pero ante el primer verso desencadenado los tacones del viejo sonaron a destellos de fusil. Lo vi venir con la sangre en el cuero, con los ojos desencajados, con los colmillos asomados. Ahí lo comprendí, Manuel me jugó una broma, y bastante pesada. Nunca le había solicitado la guitarra.

- Qué mierda tenés en la cabeza, pendejo. Dejá la vihuela donde estaba si no querés que te corte las manos y te las ensarte en el culo, la puta que te re mil...

Con una rapidez de reflejos digno del mejor púgil, esquivé la cachetada al viento que el viejo tiró con su diestra, mientras colgaba la guitarra del clavo.

- Una hora de suspensión. Ni un pelo te quiero ver mientras tanto.
- ¿Y mis huevos?- pregunté con inocencia.

Don Julio extrajo su reluciente facón de la cintura. Ahí estaba su respuesta y el destino de mis ‘huevos’. Las carcajadas se extendían a lo largo y a lo ancho del bar. Sin chistar, enfilé hacia la salida, en medio de las risotadas y las palmadas. Manuel se descomponía, se tomaba el estómago en medio de los espasmos. No, no me iría a casa, esperaría sentado en el cordón de la vereda o en el gran ventanal a que mi condena llegara a su fin. Terminado mi calvario regresaría por mis huevos fritos. Además, tendría una hora para tramar mi venganza.



2. Clases de cocina y venganza, la fellatio como medio a un fin supremo.

Desde el ventanal en el que, sentado, esperaba la conclusión de mi condena, y mientras una fría ventisca se colaba por la bocamanga del pantalón, escuché las palabras de Isaías, el viejo intelectual frustrado y borrachín del pueblo, que para dos o tres borrachos desconfiados y aburridos, que le miraban con el rabillo del ojo y a boca torcida, decía:

‘ Así como sabia fue la creación, otorgándole al hombre infinitas posibilidades ante la naturaleza que le rodea y le es cobijo y madre, así también el hombre sabio ha de ser con los frutos de su propia creación. Pero a fructibus cognoscitur arbor, queridos amigos. A través de los siglos nos hemos despojado de nosotros mismos, enajenándonos, poniendo precio a todo lo que nos rodea y, lo que es peor, a nosotros mismos. Sabia es la materia, que respeta las distancias. Pero caemos, amigos, desde el principio de los tiempos, en la misma cadena de errores. La necesidad de poder nos entrona, deforma nuestra naturaleza, tornándonos en bestias posesivas. A pedibus usque ad caput somos lo que tenemos. ¿Acaso no soñáis vosotros lo que en mis solitarias noches mi mente proyecta en la penumbra? ¿Acaso no gozaríamos todos viendo a estas suaves mariposas de placer volar libremente y posarse en cada tallo que se les antoje?. Las mujeres para los hombres, amigos, los hombres para las mujeres. Libertad de cuerpos, amplitud de amores. Rompamos las cadenas que nos atan. Porque debemos entender que no es a ellas a las que someten, nos someten a nosotros, a usted, a mí, y a él también’

La indiferencia era casi total, salvo esos dos o tres que forzados por la distancia debían escuchar. No sé cómo, pero don Julio, desde la otra punta del bar y en medio del tronante murmullo de voces, vasos que se posan, platos que se repasan, manos que chocan, escuchó la diaria cantinela del viejo, o tal vez previó sus palabras, pues siempre, y usando caminos alternativos y, porqué no decirlo, creativos (la necesidad todo lo logra), el viejo repetía la misma perorata. Alzando su vozarrón, díjole don Julio

- Si quiere un polvo, viejo de mierda, páguelo.

Algunas risas se entremezclaron con la bulla imperante. Isaías, descubierto su ardid, cambió inmediatamente de estrategia, mutando desde la rebeldía hacia la sumisión.

- Vamos don Julio, piedad con este pobre viejo, la jubilación no da lo que las ganas, entiéndalo. Son indirectamente prop...
- Ya le dije, si quiere un polvo, pague- le cortó el mandamás.
- Aunque sea una teta. Ni tocarla siquiera. Con verle una teta a doña Gracia me conformo. Yo en casa me las arreglo.
- Ni una oreja. Si tiene tanta imaginación para decir boludeces que pocos entienden, pues ha de tener también imaginación para una paja. Y no me joda que también se la cobro. Vamos Isaías, a casa, una paja y a la vida. Vamos, ¡fuera!

En vano el viejo intentó alguna plegaria, pues dos de los que le escuchaban, aprovechando la ocasión, le sacaban de las solapas hacia la calle. A contraluz, la esmirriada figura de Isaías se recortaba. El brillo de sus ojos nostálgicos refulgía en una mezcla de rencor y pesar. Continuó unos minutos mirando el interior del bar. Finalmente resignado, emprendió el retorno a su hogar.

- Estos putos...- me dijo al pasar
- No se preocupe don Isaías, de la venganza me encargo yo- le contesté.

Me decidí a entrar, sabiendo que mi condena había concluido cinco minutos antes. El viejo permaneció unos instantes mirándome incrédulo, y mascullando palabras entretejidas y poco claras desapareció en la penumbra de la noche.
Nadie pareció percatarse de mi presencia. Mejor así, me dije. Miré hacia el rincón de las meretrices. Como imaginé, Gala me miraba. Siempre me miraba. Era rolliza, con los mofletes rosas regordetes –perfectos a mis propósitos- y de boca pequeña. Dos tetas prominentes se seducían a los clientes antes que nada, luego sus ojos azules escampados captaban la atención. Sabía muy bien esconder sus defectos. Nunca usaba nada ajustado en talla ni mostraba su culo flácido. Prendas sueltas y sensuales, siempre oscuras, ocultaban sus kilos demás. En principio, sus ojos y sus tetas hacían todo el trabajo. La recuerdo persiguiéndome, desde pequeños, con su mirada lasciva, con sus rápidas manos. Alguna vez, enardecido en alcohol, terminé con ella revolcado en algún pastizal. Aún no era puta, y siempre me culpó, aunque con dulzura, sobre su determinación. Era puta por no tenerme, eso recuerdo que dijo alguna vez. Y siempre que yo acudía al bar, ella no dejaba de acosarme con su mirada. Esta vez decidí devolverle el gesto. Me sonrió y me acerqué. Frente a ella tomé sus manos y perdiéndome en sus ojos le dije:

- Necesito que me ayudes.
- Ah, pensé que querrías coger.
- Bueno, algo así, pero antes que nada prométeme que guardarás el secreto.
- ¿El secreto?
- Si, promételo.
- Mientras me folles...

Dejé mi paga en manos de don Julio, quien entes de recibir mi dinero miró sin disimulo su reloj, y salimos por la puerta que da al patio interno del bar. Un par de cuerpos desnudos se revolcaban indiferentes, retozando sobre un montículo de hojas secas. Me llevó de la mano hacia el fondo, cerca de la alambrada que colinda con el parque trasero de la iglesia. Comenzó a desnudarse pero la paré.

- Esperá, sólo quiero una mamada.
- Sólo...
- Sí, y quiero que hagas todo al pié de la letra.
- Pero...
- Por favor, hacé lo que te digo.

Sin entender lo que le pedía, y mirándome a los ojos, se arrodilló frente a mí. Las hojas crujieron contra sus rodillas. Sentí sus grandes y turgentes tetas aplastándose contra mis piernas. Bajó el cierre de la bragueta de mi pantalón y sacó mi flácido miembro.

- Parece que tendré que trabajar duro- dijo y comenzó a engullirme.

Realmente lo hacía bien. Debo reconocer que estuve a punto de pedirle que se levantara y follarla, pero con gran esfuerzo resistí la tentación. Desde arriba el espectáculo era grotesco. Su cabeza se movía rítmicamente, tratando de revivir un muerto que, obviamente, cobró vida. Cuando me sentía llegar al final le dije

- Dejá que termine en tu boca. No lo tragues, lo retenés ahí hasta que yo te diga.
- Mh?- intentó balbucear sin dejar de hacer lo suyo
- Hacé lo que te digo, ¿sí?

Finalmente acabé. No tardé demasiado, a decir verdad. Ella cumplió con lo suyo, dejó que terminara en su boca y no lo tragó ni escupió. Se levantó mientras me subía el cierre de la bragueta, se paró ante mí y me inquirió con la mirada. Le conté mi plan, esquemáticamente. Ella era una pieza fundamental. Escuchó e intentó preguntar, obviamente no podía hacerlo, pero su mirada lanzaba mil llamaradas. Entramos juntos, me dirigí a la barra y buscando a don Julio me pedí dos huevos más.

- Primero te comes los que te hice.
- Don Julio – repliqué – deben estar helados
- Es tu problema, pendejo. Te los comés y punto.
- Se los pago, no hay problemas, pero comerlos...
- No. Primero te comes esos – me señaló un plato con dos huevos fritos con sus yemas coaguladas; manchas de grasa fría envolvían, en forma de semicírculos concéntricos imperfectos, el borde del plato.

Obedecí. Desde la otra punta del salón, Gala, con sus cachetes inflados y su boca cerrada, me llamaba con su mirada. Hice señas de que esperara. Engullí los huevos helados con un dejo de asco. Lo hice rápido para no hacerla esperar. Terminada la dificultosa empresa, me pedí dos huevos más. Don Julio accedió. Se fue hacia atrás, descascaró los huevos y puso la sartén a calentar. Le llamé.

- Qué carajos te pasa, pendejo.

Mientras don Julio me preguntaba, miré furtivamente a Gala y le hice la casi imperceptible seña convenida. Ella avanzó rodeando el mostrador principal y se coló por detrás, a espalda del viejo regente.

- Pasa que los huevos fríos me destrozaron el estómago. No me suspendería...?

Casi sin hacer ruido, Gala tomó una cuchara, el plato donde el viejo había roto los huevos, separó las yemas, las depositó en una taza, escupió lo que guardaba en la boca sobre las claras, las movió un poco y volvió a volcar allí las yemas.

- ¿Vos querés que te cague a trompadas pendejo?. Voy a hacer esos huevos y te los vas a comer o te los meto, con pan y todo, por el culo. ¿Entendiste?
- Y si se los doy a...
- Mirá...
- Se los pago, pero no me obligue. – Miré hacia la mesa de juego. Manuel estaba a punto de comenzar a jugar – Manuel quizás...

Gala se escabullía por detrás de don Julio. Me miró e hizo rechinar los dientes. Miré hacia los costados, aparentemente nadie se había percatado de nuestros movimientos. Sobre la barra sólo se recostaba un borracho con la cabeza entre los brazos; intenté, en vano, imaginar qué universos estaría contemplando. Don Julio bufó y se retiró a la cocina. Lo vi echar los huevos a la sartén.



3. El acedo catar de los huevos, don Juan Filloy y la nefasta resolución de los hechos.

Los dioses, que de venganzas saben, y bastante según dicen, han de reconocer dos tipos, entre otras tantas clasificaciones. Por un lado, aquella venganza que, estertoreamente, se presenta con panfletos y festejo, es la gran revancha, la meticulosa y multitudinaria revancha, la que busca públicamente poner orden ante una presumible injusticia. Generalmente este tipo genera una espiral de violencia difícil de parar. Pero las hay de aquellas que son como pequeñas e íntimas victorias, esas que quedan guardadas en la conciencia del vengador y en las que el vengado (y oportunamente nadie mas) ni siquiera se entera, por lo que difícilmente tome represalias. De éste último tipo era mi venganza, pero el azar se encargó de mutar su naturaleza y transformarla en la primera, y más destructiva, tipología. O una (y nueva) simbiosis entre ambas. Debo reconocer que los hechos se me fueron de cauce. Sabe Dios en manos de qué perversa criatura digitadora de destinos habrán quedado nuestras vidas.

El plato dejaba a su paso, en manos del cocinero, un aroma en verdad atractivo.

- Quién se los va a comer – preguntó con su vozarrón y mirándome cejijunto.

Con un movimiento de cabeza señalé a Manuel. Don Julio ante él se paró, depositó el plato sobre el paño y junto a él un par de rodajas de pan casero.

- Obsequio de la casa – dijo con hastío.
- Sólo este bar depara este tipo de sorpresas – contestó un sorprendido Manuel, sonriendo incrédulamente; no sabía, no intuía siquiera, que era mi ‘obsequio’.

Me acomodé en la barra. Quería verlo engullir aquellos huevos, gozar con mi pequeña victoria privada. El juego se detuvo unos minutos, las cartas sobre la mesa tendrían que esperar que se reanudara. Manuel se preparó y dio el primer bocado. El pan salió amarillo del plato e ingresó a su boca, allí no estaba mi venganza, el triunfo final estaba en la clara. Con un trozo de pan recortó parte de la clara y la comió. Llevaba ya un huevo ingerido y yo a punto de implosionar con un bello orgasmo, tal era mi gozo. No era mi intención que se percatara de la trampa. El calor de la cocción, pensé, se encargaría de borrar todo rastro de sabor y aroma extraño. Sin embargo, mi rudimentaria tesis se cayó a pedazos. En el segundo o tercer bocado del segundo huevo, Manuel paró de masticar, clavó su vista en la puerta de entrada. Yo giré, pensado que había visto entrar a alguien. Nadie. Volví a mirarlo, masticaba lento. Luego se acercó al plato y olfateó. Se levantó bruscamente y agriando el rostro salió hacia fuera a los empellones.
En ese momento recordé algo que, de haber venido antes a mi mente, quizás habría hecho que abortara mi plan.
Hace unos años, pasada la fiebre de la revolución de las meretrices, don Julio necesitaba ayuda. Salud pública comenzó a exigir el uso del condón en los actos sexuales. Pero la cosa no se terminaba con darle un preservativo a cada cliente, había que asegurar su uso. Pero ¿cómo?. Don Julio tomó a un joven Manuel, y a cambio de algunas monedas y algún polvete, le dio la tarea de revisar, terminado el acto, que cada preservativo tuviera su ‘contenido’. Pero hecha la ley, hecha la trampa. Y en estos menesteres la imaginación premia. Los preservativos comenzaron a llenarse con las más variadas sustancias, menos con semen. Shampoo, crema para manos, crema de leche, leche condensada. Cualquier sustancia viscosa serviría para el engaño. Descubierto el ardid (claro, algún gracioso se exacerbó en la cantidad del contenido llenado el continente hasta casi la mitad), hubo que cambiar de estrategia. El olfato era la herramienta. Manuel tuvo que oler cada uno de los condones usados para cerciorarse de que contuviera lo que debía contener. Luego hubo problemas. Los controles de Salud Pública menguaron y don Julio y Manuel se disgustaron. Más tarde acordaron una tregua (Manuel contaba con el respaldo de un cliente de lujo, su padre), pero las cosas no quedaron del todo bien. Si yo hubiera recordado esto, las cosas no hubieran tomado el cause que tomaron pues hubiera detenido todo a tiempo.
Sin duda, Manuel en su laboriosa tares de olfatear preservativos habría de adquirir cierto talento en reconocer el semen tan solo con olerlo. Claro, no se me ocurre cómo, también con saborearlo (quizás debido a la estrechez entre ambos sentidos). Con todo esto, no le costó reconocer la presencia de semen en el huevo (si tan solo Gala lo hubiera mezclado como era debido). Su cara lo denotaba. Esperé. Sin duda, alguna mirada atenta hubiera notado la tensión en mi rostro. Minutos después Manuel ingresó al bar como si nada hubiera sucedido. Yo intenté salir y marcharme para evitar posibles problemas, pero su fría actitud me generó una gran curiosidad. Si había reconocido que el huevo tenía algo más, ¿porqué entraba tan tranquilo?, ¿qué estaba tramando?.

Manuel hizo a un lado el plato. Comenzó la partida. El juego reanudó normalmente, nadie preguntó por lo sucedido ni pareció sorprendido. Don Julio, trabajando arduamente en sacar afuera a dos borrachos que no podían hacerlo por sus propios medios, no se percató de la situación. Manuel jugaba y sonreía como si nada. Mientras maneaba las cartas, llamó a Garrón y lo acarició largo rato hasta que el perro chilló y se alejó de él, sin motivo aparente. Manuel comenzó a hacer pública su buena suerte. Don Julio se acercó a la mesa y observó el juego. El viejo regente buscó el plato de los porotos y se echó, como siempre lo hacía, un par de granos a la boca. Los masticaba y escupía la pelecha. Se retiró a servir unos tragos. Todo pareció recuperar su cause normal. Yo con mi venganza a cuestas, sin atenuar su efecto en mí a pesar del peligro que corrió de ser desenmascarada. Miré a Gala, ya no me miraba, entretenida por un cliente que intentaba regatear el precio. Llegado al acuerdo, Don Julio cobró el turno y volvió a la mesa de juego. Nuevamente tomó dos o tres granos de poroto y se los metió a la boca. No sé cómo se precipitaron los hechos. Yo yacía tranquilo, enfrascado en el fragor de mi triunfo, cuando vi al regente del bar escupir sangre. Sus labios estaban amoratados, su boca se teñía de un fuerte carmesí. Comenzó a gruñir desaforado, como tragando su propia ira. Luego dirigió su mirada en llamas hacia Manuel.

- Vos, hijo de puta, fuiste vos.

Manuel lo miraba con una tensa calma, como si no entendiera lo sucedido. Yo no encontraba la punta al ovillo, hasta que vi escabullirse del plato de los porotos una enorme garrapata. En ese momento lo entendí. No recuerdo precisamente si con Manuel intercambiamos aquel libro de don Juan Filloy en el cual se cuenta una anécdota en donde alguien le hace una broma a otro poniéndole una garrapata junto a los porotos. Este último también se llevo a la boca a uno de estos pequeños chupa-sangre y lo masticó. Lo que sucedió después en aquel cuento reprodujo, con algunos cambios circunstanciales, lo que sucedido en el bar. Si, sin duda Manuel había leído aquel libro y le había servido de inspiración.

Una cadena de venganzas no puede terminar bien. Don Julio y Manuel se tenían un viejo recelo. La semilla del odio hacia el otro incubaba en cada uno, y terminaría por explotar. Mi (en principio) ingenua estrategia fue el detonante. Manuel se paró bruscamente.

- Viejo de mierda, eso te pasa por pajearte en los huevos, viejo de mierda.

Ambos sacaron a relucir el brillo de sus facones. Los otros jugadores y quienes cerca se encontraban se levantaron espantados y retrocedieron.

- Hijo de puta- dijeron ambos casi al unísono.

La pelea duró un parpadeo. Se cruzaron en un golpe, el tronido de los cuerpos al chocar me pareció exacerbado, como fuera de lugar. Ambos exhalaron y se retiraron. Pude ver el rostro contraído de Manuel y la espalda de don Julio con su mano agarrando férreamente el facón ensangrentado. Vi caer a Manuel de rodillas. Sus ojos parecían explotar. De su boca manaba un filo hilo de sangre. Don Julio cayó como extenuado sobre una silla. Manuel se desmoronó finalmente de bruces y, tímidamente, dos o tres lo socorrieron. Alguien, no pude ver quién, corrió a buscar al único médico del pueblo.
Lo sucedido después entra en una vorágine en mi cabeza. El médico atendiendo al joven, decretando su muerte, algunos llorando, todos susurrando e intercambiando impresiones sobre los hechos, don Julio sin quitar la vista del muerto, el comisario llevándose al homicida, Gala entrando y mirando incrédula el vacío ambiente y el desconcierto reinante.

Intenté, para poder redimir mi futura culpa, sentir el peso de la muerte sobre mis espaldas. Pero a qué negarlo, ningún pesar me embargaba. Llegué a pensarme, incluso, como un demonio vengador que generó a conciencia toda esta trama nefasta. Pero deseché rápidamente estos pensamientos cuando escuché la voz de Isaías, el intelectual beodo. No sé cuándo demonios había regresado, tampoco si había presenciado la pelea, pero sin duda sabía de ella. Habíamos quedado en el bar no más de una veintena de clientes. Pronto, alguien vendría a cerrarlo (¿la autoridad policial?). Mientras tanto, el bar era nuestro. Las meretrices estaban amontonadas en su rincón, espantadas. Gala trataba de extraer información pero no lograba sacar ni una palabra de aquellas caras espantadas. Presté atención a las palabras de Isaías:

‘Todo cae por su propio peso, amigos. El desarrollo histórico coloca cada cosa en su lugar. Las cosas se desarrollan sobre la base de sus designios. Aquella revolución frustrada de estos bellos capullos otorgadores de amor no llegó a buen fin porque aún no habían madurado ni ellas ni nuestra conciencia. Pero nos ha llegado al fin el tiempo, queridas muchachas. En vuestras manos está vuestro destino. Cada una es dueña de sí misma. Se han emancipado. Ya no hay amos de los cuerpos en este pueblo. A gozar, queridas mías, que la vida es breve.’

Sin duda, aún los efectos de los hechos nos marcaban. Nadie, ni las mismas meretrices, festejaron su libertad. Se sentían desamparadas, sin el cobijo de la protección que les deparaba la rudeza de don Julio. Y sabían que, por mucho tiempo, no contarían con él y que el bar no funcionaría sin su presencia. Al ver que sus palabras no habían logrado el efecto previsto, Isaías bajó su cabeza y se sentó. Era su segunda y más cruel derrota. El bar y sus escasos moradores eran (éramos) una postal de la desidia.

Decidí que mi tiempo allí había llegado a su fin.

Caminé rumbo a mi casa bajo la pesada bóveda estrellada de la noche. Una arrojada indiferencia invadía mi alma. Intentaba no pensar, quería no pensar. Me obligaba a llamar a silencio a mi conciencia. Sabía que era protagonista sin atenuantes en toda esta nefasta trama, conocía mi culpabilidad. Pero no sentía ningún remordimiento. El tiempo, tal vez, se encargaría de poner el peso donde correspondiera, pero no en ese momento. De pronto me paré en seco. Un detalle, un execrable olvido me heló el cuerpo. No, definitivamente tampoco lo había previsto. Tal vez golpeado por los acontecimientos no lo había tomado en cuenta, pero ahora, transcurrida una hora o más, aplacado el demonio del recuerdo inmediato, la nefasta conclusión llegaba imprevistamente y me taladraba las entrañas. No me pesaba el no ver más a Manuel ni en perder por algún tiempo (o tal vez para siempre) a don Julio. Tampoco me importaba que el bar se cerrara y con ello el recurso de caer en los brazos de una mujer en alguna noche solitaria. No. Lo que realmente me pesaba era que, en adelante, me vería privado del placer que me otorgaban aquellos maravillosos huevos fritos producto de la mano maestra de don Julio. Nunca me perdonaría no haber previsto ese detalle. Nunca me lo perdonaría.
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Camino tres pasos y ella se aleja tres pasos. Por más que trate nunca puedo llegar a ella. Para eso sirve la utopía, para caminar
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andrea may
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MensajePublicado: Lun Jul 24, 2006 18:28    Asunto: Responder citando

Genial. ünico y con un a filosofía tan exacta que es todo un mensaje.

Cuantas veces hemos tramado una venganza y cuantas veces las fichas han caído para el lado que no esperábamos...

Además, tiene un talento que no se discute: saber hacer dos huevos fritos es un arte y describir la sensación que se da al probarlos y al comerlos, sólo tu lo has logrado.

Besos Teo.
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Ultima edición por andrea may el Sab Feb 26, 2011 20:15, editado 1 vez
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Apuleyo
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MensajePublicado: Lun Jul 24, 2006 20:07    Asunto: Responder citando

Está bastante bien tratado el relato, muy buen trabajo.
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Pol Ten Bock
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MensajePublicado: Jue Jul 27, 2006 0:46    Asunto: Responder citando

Muy rico...

...en personajes, en recrear ese tiempo y ambiente.

A pesar de ¿meses? que corre por ahí este relato, y haberlo postergado por su extensión y mi falta de tiempo (o de concentración, no se ahora), hoy he encontrado el momento de brindarme tan fenómeno momento. La venganza siempre se complica y nos salpica por habernos despistado e incluso sacrificado aquello que más apreciabamos. ¿Quién te hará los huevos ahora?

He podido respirar el ambiente, ver la gente, sonreir por la manera sin discusión de Gala, sentir el temor a ser descubierto, el asco del plato y la garrapata, sus facciones las de ambos Don Julio y Manuel... y ese oportunista apuntador de filosofías sobre la vida para su bien es otra pieza clave que permite, en todo su conjunto, mantener en todo momento pleno un texto muy rico.

pues eso, lo dicho con dos huevos -fritos-.... muy rico.

Un abrazo Teo.

PD: la sorna irónica sobre los huevos en todo momento está presente.
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sathus
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MensajePublicado: Jue Jul 27, 2006 4:51    Asunto: Responder citando

Que más puedo decirte. Has despertado algo parecido a la envidia... Excelente relato. La trama, el esquema... Un excelente trabajo Teo...

Saludos...
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Angel en la luna
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MensajePublicado: Jue Jul 27, 2006 7:26    Asunto: Responder citando

Muy buen relato Teo, esta tan bien contado que en verdad al leer pude en mi cabeza Mad ver las imagenes que describes, felicidades. Idea
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El Ángel Azul
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MensajePublicado: Dom Oct 15, 2006 8:59    Asunto: Responder citando

¡Excelente relato!

Muy buena la descripción de la "whiskería" del pueblo...

¡Mis felicitaciones!
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El Ángel Azul
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MensajePublicado: Mie Ago 15, 2007 8:31    Asunto: Responder citando

¡Por que es fantástico texto!!!

¡Un abrazo con mis felicitaciones!!! (Y, como ves, te sigo leyendo)

Laughing
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MensajePublicado: Vie Ago 17, 2007 1:29    Asunto: Responder citando

Magistral.

Una composición perfecta en todos los sentidos, estructura, personajes, argumento. Además de ser un relato divertido, erótico y tierno.

Por ende, esos barruntos filosóficos, la fellatio como medio a un fin supremo. Es pura invitación a la discusión socrática, amigo Teo.

Teo, fit quod dii volunt. Es muy muy bueno.
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Aramís
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MensajePublicado: Vie Ago 17, 2007 3:25    Asunto: Responder citando

y bien, suponqoe que había una razón para no haberlo leído:
imagino el rasgueo de la guitarra y se de primera mano que Teo no lo hace mal, no. Quizá la vihuela en cuestión fuera sagrada o así...
imagino perfectamente las tetas de Gala, y también entiendo esa parte, y la de la venganza, y la del viejo sin pensión, y hasta las garrapatas del tamaño de FRIJOLES...

lo que no puedo concebir, lo que no cabe en mi cabeza, son los dos huevos fritos después del anochecer... ¿y encima fornicar?
¡Huevos para cenar!, ¡madre de Dios!
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andrea may
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MensajePublicado: Mie Jul 30, 2008 14:40    Asunto: Responder citando

Porque anoche recordamos los huevos fritos (reunidos que estábamos con Sils, El Angel y Rainmaker)

Se te extrañaba Teo, a tí y a tu fernet-cola.
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MensajePublicado: Dom Ago 03, 2008 20:29    Asunto: Responder citando

Tengo hambre.

(la hora de la cena se acerca)

pero no creo que tome huevos fritos, mucho colesterol y aditivos poco recomendables.

Teo, una historia que marca gustos culinarios.
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Sweetlips
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MensajePublicado: Sab Ene 08, 2011 16:50    Asunto: Responder citando

up!
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andrea may
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MensajePublicado: Sab Feb 26, 2011 20:17    Asunto: Responder citando

Vengo de prepararme dos huevos fritos para cenar y recordé que esta maravilla existía.

Besos Teo.
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MensajePublicado: Vie Ene 27, 2012 11:57    Asunto: Responder citando

"En el pueblo no había librería ni biblioteca, por lo que la adquisición de nuevos libros dependía del viaje de algunos de los dos a la ciudad. Para remediar la lenta renovación de la bibliografía, nos intercambiábamos los libros que teníamos."

Precisamente por la ausencia de biblioteca, y porque es un relato genial.
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